martes, 18 de octubre de 2011

Sentir el parqué frío debajo de mis pies, aunque a estas alturas de año ya se considera algo típico, es pleno noviembre, mejor dicho es 9 de noviembre, y recorro el pasillo con unas imperiosas ganas de llegar a la cama, desplomarme y sentir como mis músculos se van relajando poco a poco.
Y oír una risotada, y no sobresaltarme, aún siendo ya de madrugada...porque sé que eres tú, en el lado izquierdo de la cama-aún recuerdo tu peculiar forma de elegir el lado para cada uno-mirándome como si nunca antes lo hubieras hecho, esa rutina que conviertes cada día diferente.
Tumbarme a tu lado, mirarte fijamente a los ojos, apuntar otra raya en la gigantesca lista de veces en las que me pierdo en tus ojos, y oír como me susurras esa canción, nuestra canción...Para acto seguido yo susurrarte con la voz más sensual intentando conseguir estremecerte hasta el lugar más recóndito de tu cuerpo y hacer que te muerdas el labio inferior:

-Vamos a encontrar ese punto de soldadura entre el sexo y el amor, mi vida.

Y, gracias, mi vida, por conocerme tan bien y ayudarme a encontrar el soldado perfecto entre nosotros dos.
Y, gracias, mi vida, por sorprenderme cuando sale el sol a la mañana siguiente, mordiéndote el labio inferior, queriendo más de mi, de ti, de nosotros.